lunes, 19 de enero de 2026

Chacachacare y Chacachacare

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Concepción Mariño, la terrateniente
margariteña en Trinidad que albergó
a los rebeldes en 1812

 

 

         Originalmente comencé a escribir este artículo sin darme cuenta en Guasap hace seis días. El martes de la semana pasada, el 13 de enero, mencioné la Expedición de Chacachacare, de 1813, en una conversación por Guasap con mis primos de Margarita, porque ese día se cumplían 113 años de aquel acontecimiento de la historia de la Guerra de Independencia de Venezuela. Dije además que era en realidad el mismo hecho que la Toma de Güiria, que siempre se cita como si fuera otro casualmente sucedido el mismo día. No, nadie me preguntó cómo se explicaba esto, pero, como soy impertinente y lo quería contar, me fui a verificar la fecha y los nombres de los protagonistas. De repente, cuando ya estaba a medio segundo de volver a la conversación, veo el nombre de Trinidad y Tobago. ¡¿Trinidad?!, me dije, ¿qué tiene que ver Trinidad?

         Todo. Desde pequeño he sabido de la existencia de Chacachacare, que es un pueblo, con su respectiva playa, de la isla de Margarita, muy cerca de la Península de Macanao. Y siempre me sentía feliz de saber que en un lugar tan pequeñito de mi islita pequeñita había pasado algo tan importante como la firma del Acta de Chacachacare. Sin embargo, siempre me preguntaba también por qué, aunque es muy cerca, aquellos 113 expedicionarios, dirigidos por Santiago Mariño, Manuel Piar y José Francisco Bermúdez, se habría puesto un objetivo tan lejano como Güiria. Es decir, partiendo de Chacachacare, que está al sur de Margarita, tendrían que navegar hacia el este, llegar primero a la punta de la Península de Paria, doblar a la derecha en la Boca del Dragón, dejar atrás Macuro, y después otra vez a la derecha para adentrarse en el Golfo de Paria; navegando otra vez hacia el oeste por la costa sur, llegarían a Güiria para arrebatársela a los españoles. Mariño y sus hombres lograron este objetivo en muy pocas horas, pero yo me preguntaba por qué no habrían pensado en objetivos más cercanos como Cariaco, Río Caribe o Chacopata. No es que fuera lejos, pero en un barco de comienzos del siglo XIX tiene que haber sido más bien complicado, ¿no? Es más, ¿por qué no liberar Punta de Piedras, Pampatar o Porlamar, en la costa sur de la propia Margarita?

         Pues resulta que el Chacachacare donde se firmó el acta y de donde zarpó la expedición es —¡siéntense!— una isla, ahora desierta, que pertenecía y pertenece aún... ¡a Trinidad y Tobago! Es más bien un islote que está muy cerca del extremo oriental de Paria. Al principio del siglo XIX estaba habitada y había ahí un leprosario. Pero también estaba una hacienda propiedad de Concepción Mariño, hermana de Santiago. Cuando Monteverde logró acorralar a Miranda en julio de 1812, el héroe margariteño se refugió en la hacienda de su hermana, y desde ahí preparó con Piar y Bermúdez el plan para la invasión, que fue tan exitosa que pronto recuperaron la ciudad y la provincia de Cumaná, la ciudad y la provincia de Barcelona y después la isla y la provincia de Margarita. Bolívar, entusiasmado por esta incursión, emprendió su regreso desde Colombia y llegó triunfante a Caracas. [Qué barbaridad, todo un año de guerra en 148 palabras.]

         Este descubrimiento me trae a la memoria aquella película de Hitchcock —me suena que era El hombre que sabía demasiado— en la cual el personaje de James Stewart, que investiga un crimen, sigue una pista hasta un lugar llamado Ambrose Chapel, que él interpreta como el nombre de una iglesia, y resulta ser el nombre de una persona. En mi caso, la clave del misterio estaba en la insospechada existencia de un lugar en un país que se llamaba igual a otro que estaba en otro país... ¡y a escasos kilómetros uno de otro! De un Chacachacare a otro no hay más de 250 kilómetros, y entre el extremo oriental de Paria y la isla trinito-tobaguense de Chacachacare, apenas 11.

         En la conversación del martes en Guasap, todos admitimos que no sabíamos de la existencia de la Chacachacare de Trinidad. “¡¿Se imaginan aquella confusión?!”, dijo uno de ellos. “Si la hazaña iba a depender de nosotros, qué desastre. Viene mi general Mariño y nos manda un guasap: ‘Miren, muchachos, que me puse de acuerdo con Piar y Bermúdez pa ir mañana a tomar Güiria. Nos vemos en Chacachacare tempranito’. Yo, escondido en Irapa, hubiera dicho dentro de mí: ‘Visquendervallemiarma, ahora hay que ir pa Margarita, tan cerca que estoy yo aquí de Güiria. ¡El Mariño este inventa unas vainas...!’”.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXXIII / 19 de enero del 2026

 

 

 

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lunes, 12 de enero de 2026

¿Qué quiere decir millonario?

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Eladio Lárez y Pelé. ¿Usted quiere ser rico...
 o sólo millonario?

 

 

         Por un millón de dolitas, ¿qué quiere decir millonario? Opción A: el que tiene un millón de cosas; opción B: el que sabe escribir la palabra millón; opción C: el que se ha ganado la lotería; opción D: el que va a Nueva York a lavar platos y dice aquí que allá era platero. A veces el popular programa de concursos ¿Quién quiere ser millonario?, que en Venezuela era conducido por Eladio Lárez, hacía estas mezclas desquiciadas de opciones, entre las cuales era difícil decidirse. A veces yo no sabía si reírme o molestarme.

         La velocidad a la que se deterioraba el bolívar —y quién sabe si hubo otras razones— causó que el programa perdiera sentido. Ya no se podía ser millonario al responder las... 20, 25, 30 preguntas, no sé cuántas eran. O faltaban o sobraban cifras en los montos que se ofrecían. No importa. Lo que importa es que no se podía ser millonario de esa manera, ni siquiera en agosto del 2000, cuando comenzó a transmitirse en Venezuela. Y no se podía porque ¿qué quiere decir millonario? ¿Por qué, a pesar de ser, en forma y en contenido, más impresionante que otras más sencillas, no es tan poderosa?

         Existe un criterio —habrá sido definido por científicos de la economía, presumo yo— para decidir si una persona es millonaria o no. No consiste, así sin más, en poseer mucho, mucho, mucho dinero. Y en el lenguaje figurado, quizá sea el popular Alí Primera el único que haya logrado crear una metáfora convincente, irónicamente, sobre la pobreza:

 

Niños color de mi tierra

con sus mismas cicatrices,

millonarios de lombrices.

Y por eso, qué tristeza

viven los niños

en las casas de cartón.

 

Parafraseando, pero con fidelidad, la definición dice así:

 

persona cuyo patrimonio neto (es decir, la diferencia entre sus activos y sus pasivos) es igual o superior a un millón de unidades monetarias (comúnmente dólares o euros), representado en dinero líquido y, también, en el monto total de sus bienes (propiedades, inversiones, etc.).

 

         Muchos de nosotros tenemos claro, antes de despejar la ecuación, que nuestro resultado quedará por debajo de cero. Y a muchos otros, las sumas y restas, las multiplicaciones y divisiones les dará más de un millón, pero como la unidad de medida no es el dólar ni el euro —podía ser también la libra esterlina—, sigue siendo uno de nosotros, los humildes.

         Quién sabe si quede otra opción que sumarse al deseo de otro cantante popular, Roberto Carlos, y reunir un millón de amigos, sin que se los debamos a nadie, sin que hayamos firmado hipoteca sobre ellos (que equivaldría como a venderlos, ¿verdad?), sin que se los dejemos en prenda a usurero alguno. Tres o cuatro amigos líquidos y sin gravamen, contantes y sonantes, limpios, recién salidos del cuño. Tres o cuatro, porque, como dice Rafael Tomás Caldera, “tiene más quien necesita menos”.

         Preguntémonos, en suma, si millonario, siendo un término, en apariencia, perteneciente a la ciencia económica, es o puede ser buen sinónimo, es decir, buen sustituto semántico de rico, por ejemplo, que es la palabra más sencilla con que podemos llamar la posesión de muchos bienes. Claro que sí, en el lenguaje cotidiano lo es, y el diccionario pone casi el mismo grupo de palabras como sinónimos del uno y del otro. Los sinónimos de millonario son multimillonario, rico, millonetis, adinerado, acaudalado, pudiente, opulento, potentado, capitalista, amillonado, bacán. Los de rico son adinerado, acaudalado, pudiente, opulento, millonario, capitalista, próspero, potentado, creso, platudo, fondeado, bacán, valioso. Pobre aparece como el único antónimo de los dos.

         Sin embargo, imagínese usted estos versos de Calderón de la Barca sustituyendo rico por millonario:

 

Sueña el rico en su riqueza,

que más cuidados le ofrece;

sueña el pobre que padece

su miseria y su pobreza.

 

O el salmo en que David describe a Dios como “clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad”; o aquel monólogo de Doña Beatriz de Silva en que Tirso canta:

 

¡Oh premio rico, que a perder provoca

el seso del dichoso que te alcanza!

Pues si enloquece una desconfianza,

también el gozo vuelve un alma loca.

 

Y, para que en serio nos preguntemos en serio si es literal o metafórico, aquí tenemos a Agustina Andrade:

 

¡Si eso es triunfar, la gloria es el martirio,

la gloria es la embriaguez!

¡Vale más la sonrisa de mi madre

que el más rico laurel!

 

         ¿Que qué quiere decir millonario? Que tiene plata, pero que si es rico... Que tiene muchos bienes, muchos activos y pocos pasivos, muchas inversiones y pocas deudas, pero que si es rico, que yo no sé cómo es... Y como pobre parece más rico por sí solo, ser millonario debe significar otra cosa.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXXII / 12 de enero del 2026

 

 

 

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lunes, 5 de enero de 2026

Bolivitas y dolitas

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

“¡Vaya, Betty, quinientos machacantes nuevecitos!”

 

 

         Creo que tardé en percibirlo, pero una vez percibido... Tardé en darme cuenta de que en Venezuela estaban dándole un tratamiento, digamos, especial a la moneda de Estados Unidos, ya que era la que se estaba usando con más frecuencia. Así como antes se decía “Necesito cien bolivitas”, ahora oigo decir “Préstame diez dolitas”. ¿Y por qué digo que es un “tratamiento especial” a la moneda extranjera? En el tratamiento que se le ha dado siempre a la moneda propia está la respuesta.

         En Venezuela podemos llamar a la moneda, que está con nosotros desde 1879, bolivita —quizá el más cariñoso, se me antoja a mí—, bolo —quizá el más “malandro”—, bolivacho —quizá el más coloquial—, bolivarito, bolivarillo, alguna vez he oído bolantes y tiene que haber otros que ahora se me escapan. Por más resistencia que haya habido, que no creo que haya habido mucha, cantidad de venezolanos ahora han comenzado a llamar dolita al dólar estadounidense. ¿Será “cariñoso”, como dije sobre bolivita? ¿Será un esfuerzo por “hablar mal”? ¿Será economía del lenguaje? No, porque el término formal tiene menos sílabas. Quién sabe si es así porque así es como, sin saberlo, el hombre va cambiando la lengua, lanzando en la mesa muchas variantes y las que se caen al piso se pierden y las que quedan encima sobreviven siglos y siglos.

         Los propios hablantes del idioma del país de donde nos viene el dólar tienen varios otros términos para llamar su moneda. Yo conozco, al menos dos: buck y greenback (aunque esta me atrapa siempre desprevenido cuando la oigo en una película, por ejemplo). Por supuesto, me gusta más cuando, en aquel capítulo sobre las bromas pesadas de su amigo Pedro, el entrañable Pablo Mármol exclama: “¡Vaya, quinientos machacantes nuevecitos!”.

         Es curioso que este neologismo tenga terminación femenina, aunque se le anteponga el artículo masculino: el dolita, en lugar de la dolita. Es fácil entender que la a se debe a que la sílaba final de dólar contiene esa vocal, aunque lo lógico en español sería que su diminutivo fuera dolarito. (Nuestra edición 436, “Tres diminutivos más bien singulares”, podría ampliar esta idea.)

         En cuanto a los nombres, dentro del hiperónimo bolívar, hay toda una manada de denominaciones, que todos conocemos, que por tanto no voy a definir aquí, pero sí las voy a enumerar, aunque sea sólo por el placer de saborearlas y apoyar la pervivencia del bolívar sobre la otra moneda. Existen (o existieron, como prefiera): puya, centavito, locha, centavo, diez céntimos (este es literal), medio, medio real, cuartillo, real, real y medio, medio real y cuartillo, bolívar, [peseta, término no muy frecuente], cinco reales, fuerte; y si pensamos en los billetes, hay más nombres: marrón, tabla, palo, luca, orquídea, tinoco, tinoquito, y genéricos como plata, real, cobre, billete (y su variante billuyo).

         El dólar se utiliza en Estados Unidos desde antes de 1785, cuando se adoptó oficialmente —antes se utilizaba el dólar español, historia muy interesante que habría que contar aquí pronto—. El bolívar se comenzó a utilizar en Venezuela casi cien años después —antes circulaba el venezolano, historia que también hay que contar—. Hoy parece que se han encontrado en el territorio de las manos de los venezolanos, y ahí juegan, compite, se ayudan, cambian posiciones... y nombres, porque por el nombre se comienza. Ha comenzado, parece, a recibir en la imaginación venezolana las denominaciones que lo van acercando a lo emocional. ¿Ya van los venezolanos teniéndole cariño a la moneda de Estados Unidos? Ya lo sabremos con el tiempo.

         No es que los venezolanos acaben de conocer los dólares, ni que lo estén cogiendo cariño gracias a la crisis que los ha obligado a pagar cotidianamente con dólares. ¿Quién puede creer cualquiera de las dos cosas? Lo que observo, lo que señalo, lo que me intriga es el hecho de que, a pesar de haber tenido moneda propia durante más de 140 años, con períodos de profundo orgullo por ella y por su nombre, ahora le hayan puesto un sobrenombre, un hipocorístico. ¡Y el sobrenombre es un diminutivo! Ahí hay una relación emocional, y no puede deberse a la mera posesión reciente de la moneda porque eso no es nuevo. Y no puede ser por las ventajas que da utilizar el dólar, porque parece que son más las desventajas. ¿Será la convivencia? Todo eso influye en la lengua, y por el nombre comienza también el amor.

         En suma, me intriga mucho este nuevo “romance”, tan claramente manifiesto en la lengua. Ojalá que como resultado del huracán en el que amaneció el año 2026, la recién dolarizada economía venezolana se regularice, al menos un poco, lo suficiente como para que se vuelva a bolivarizar.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXXII / 5 de enero del 2026

 

 

 

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lunes, 29 de diciembre de 2025

Primer cuarto de siglo... liquidado

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Mafalda, paradójicamente intemporal

 

 

          Qué voraces nos hemos vuelto. Hace unos tres días... digamos cuatro, criticábamos a los inconscientes que repletaron la atmósfera con toda la pólvora del mundo porque comenzaba el año 2000, creyendo que esa noche comenzaba el siglo XXI, y dentro de menos de tres días, de ese siglo ya nos habremos consumido... ¡25 años! No un par de semanas ni un mes, no: ¡25 años! Somos unos voraces comedores de tiempo.

         Ustedes también habrán visto aquella tira de Mafalda en que le dice a Felipe: ¿Has pensado en la cantidad de minutos que esperan turno dentro del reloj? ¡Millones de minutos nuevecitos que debemos usar sabiamente! El pobre Felipe, aplastado por el peso de la reflexión, exclama: “¡Dios mío! ¡Qué responsabilidad!”. La verdad es que este fin de año me siento como Felipe. No dejo de pensar en eso. ¿Habremos hecho algo útil y sabio con la larguísima carretera de minutos que han pasado frente a nosotros, o por encima de nosotros, o a un lado, en este primer cuarto del siglo XXI? Ay, ojalá que sí, porque para tener la certeza tendríamos que destinar una legión de minutos de los pocos que le quedan al año a hacer memoria y sacar la cuenta.

         Hay otra tira que recuerdo y que expresa también lo que nos pasa y el hecho de que tan sólo ponerse a pensar en el asunto ya nos quita minutos: Mafalda está conversando con Miguelito y le dice: Cómo pasa el tiempo, ¿no? En ese momento aparece en el dibujo una hilera de bbbzzzzzzz... Él trata de seguir el movimiento y, al no conseguirlo, dice: No sé si eso fue un insecto o un minuto. Ojalá que no nos pase esto muchas veces en el cuarto de siglo que se avecina.


Mafalda intemporal, paradójicamente


         (¡Hey! Esto no es para que nos sintamos mal —¿por qué me siento como si les hablara a mis alumnos?—. Lo que pretendo señalar aquí es la responsabilidad que tenemos con el uso del tiempo, que es una responsabilidad, principalmente, con nosotros mismos. Hay que estar consciente de ello, pero no creo que haya que atormentarse, miren cómo dice Mafalda que la catarata de minutos no para. Hay para todos y hay para hacerlo todo, y ni siquiera se deterioran tanto como podemos pensar. Lo que hay que hacer es lo que dice el filósofo: aprovechar el tiempo.) (Para no haber estudiado latín, no me quedó mal la traducción, ¿verdad?)

         Lamento desilusionar a los que pensaron, por el primer párrafo, que venía a dar consejos para no perder tiempo en el 2026. No tengo talento para eso. Apenas quería desearles que disfruten pasado mañana la Nochevieja y que el Año Nuevo amanezca hecho alegría para ustedes. No vaya a ser que se me escapen los insectos de Miguelito intentando hacerles una lista de buenos deseos sin ponerme sentimental. O que se les escapen a ustedes leyendo deseos de Año Nuevo en lugar de brindar con la familia. Vayan, no me oigan a mí.

         Y si en este momento, faltando menos de 60 horas para el final del año, se les ocurre ponerse a leer artículos de días anteriores, no se detengan más. ¡Apaguen la pantalla! Al fin y al cabo, en el 2026, es decir, la semana que viene, nos vamos a ver otra vez. ¡Feliz añooooo…!

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXXI / 29 de diciembre del 2025

 

 

 

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miércoles, 24 de diciembre de 2025

El cumpleaños de todos los años

Edgardo Malaver Lárez

 


 

El nacimiento de Jesús (1296), de Pietro Cavallini

 

 

         Ya llegó hace semanas la época del año en que comienzan los eruditos de Internet a pretender enseñarnos a los ignorantes —es más, a los crédulos— que Jesús, el protagonista de la Navidad nuestra de cada año, no nació en Navidad, es decir, que no nació el 25 de diciembre, como todos ingenuamente creemos o hemos dejado que nos engañen. Yo me fastidié de esos mensajes incluso antes de que apareciera Internet; pero este año algunos de estos sabelotodos hicieron una innovación bien original: este año la moda es afirmar con firmeza que, en realidad, a pesar de lo que nos han hecho creer por tantos siglos, Jesús sí nació el 25 de diciembre.

         Ariadna Voulgaris comentó este “fenómeno” en la edición de Navidad de hace cuatro años, titulada DECEMBRIS, y una de sus conclusiones es la misma a la que yo pretendo llegar hoy: que no importa. En teoría literaria —y los Evangelios son también textos literarios— se entiende que aquello que no es mencionado por el narrador sencillamente no existe; y, no sólo no existe, sino que tampoco vale la pena ponerse a analizarlo, porque al no estar presente no constituye símbolo ni imagen ni valor apreciable para nuestra interpretación del texto. Si Homero, por ejemplo, no nos dice que Odiseo es rubio, alto y musculoso, sino que es “rico en ardides”, debe ser que lo que interesa que el lector sepa y se imagine sobre el personaje es que es un hombre astuto, cosa que se ocupa de decir o dejar claro muchas veces en el texto. Si a usted le hace ilusión ponerles color a los cabellos de Odiseo o figurarse si tiene más estatura que usted o si la fuerza de sus brazos era de temer, seguramente encontrará en el texto suficientes datos para hacer un dibujo del personaje, pero igualmente lo que importa de veras para comprender su historia y lo que ella significa para los seres humanos será tener en mente que Odiseo era un hombre capaz de urdir estrategias, maquinaciones y componendas suficientes, por ejemplo, para ponerle fin a una guerra.

         Será bastante poco lo que logre con las elucubraciones sobre su color de pelo, su estatura o su fuerza física. Además, sin contar que sería una frivolidad, es más bien simple imaginárselo sin buscar mucho en el texto: era europeo, rey y soldado... pero no importa. Homero no se detuvo a darnos esos datos porque no son los relevantes. De igual forma, los narradores de los Evangelios no se detuvieron nunca a decirnos, ¡nada menos!, la fecha en que se iniciaba la biografía que nos ponían en las manos porque era ocioso hacerlo. Ni siquiera lo hizo el único evangelista que revela que antes de escribir dedicó un tiempo a investigar con cuidado la vida del protagonista de su relato.

         Otra buena razón para la ausencia de la fecha del nacimiento de Jesús en las primeras y principales fuentes sobre su existencia es el hecho de que en sus tiempos y en la cultura en que vivió no era costumbre celebrar el cumpleaños. Ni siquiera parece que hubiera sido importante anotar, recordar, tener presente la fecha en que se nacía. Ya he mencionado esto antes en Ritos, y lecturas más recientes me lo confirman, pero ahora sé que en realidad eran pocos y de clase alta los que celebraban el cumpleaños. Y Jesús, según su propio testimonio, “no tenía ni dónde reclinar la cabeza”.

         La costumbre de celebrar el cumpleaños era tan poco frecuente y tan elitesca que en toda la Biblia apenas aparecen dos: uno en el Antiguo y otro en el Nuevo Testamento. Y en ambos casos el personaje homenajeado ordena matar a alguien durante la fiesta, con lo cual tampoco le quedarían al pueblo judío ni a los primeros cristianos muchas ganas de adoptar semejante costumbre. El primer caso aparece en el Génesis, donde el faraón de Egipto al que servía el casto José, durante su cumpleaños, mandó colgar a su panadero. El segundo, contado por Marcos y por Mateo, es Herodes, que durante un banquete por su cumpleaños, víctima de los enredos de su mujer, ordenó decapitar a Juan el Bautista.

         Entonces, ¿necesitamos conocer la fecha en que nació Jesucristo? Para disfrutar, entender, analizar e interpretar el texto del Evangelio, y particularmente la celebración en que está involucrado hoy, esta noche, el mundo entero, no. Ni siquiera hace falta para detenerse a pensar si uno cree en Dios, si duda de su existencia, si confía en él o desconfía, si lo niega, si lo contradice. Lo importante es otra cosa. Si la talla de sandalia de Jesús fuera importante, lo sabríamos; si era zurdo, si tenía color favorito y cuál era, si tenía una cicatriz en un muslo, como Odiseo, san Mateo nos lo habría dicho y ese minúsculo detalle contaría para algo en la comprensión del mundo espiritual, que sí es algo de lo que Jesús no paraba de hablar.

         Total, que ahora están diciendo que Jesús sí nació el 25 de diciembre —falta la hora—, como hemos celebrado hasta este primer cuarto del vigésimo primer siglo, aun teniendo la certeza de que no sabíamos la fecha precisa. Y dicen incluso que en esa fecha lo celebraban en los primeros siglos del cristianismo. Pues muy bien, pero igualmente es lo de menos y da lo mismo.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXX / 24 de diciembre del 2025

EDICIÓN DE NOCHEBUENA





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